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Poder, placer, parecer y poseer: ¡Vaya solución!

Hay momentos en la vida en los que parece que todo marcha bien: proyectos, amistades, experiencias, metas… y sin embargo, algo dentro permanece inquieto. Como si hubiera un ruido interior que no se apaga fácilmente, una sensación de no estar del todo en casa dentro de uno mismo.


Entonces surgen preguntas importantes:

¿Qué es realmente lo que mueve mis decisiones? ¿Qué quiero cuando digo que quiero ser feliz? ¿Qué es lo que de verdad estoy buscando?

La tradición espiritual —y de manera especial la cristiana— ha mirado con profunda lucidez el corazón humano. No para condenarlo, sino para comprenderlo y liberarlo. San Juan, en su primera carta (1 Jn 2,16), describe tres grandes fuerzas interiores que, cuando se desordenan, nos roban libertad:

  • la concupiscencia de la carne (placer),

  • la concupiscencia de los ojos (poseer y aparentar),

  • y la soberbia de la vida (poder y autoexaltación).


Dicho en lenguaje cotidiano: Placer, Poseer, Parecer y Poder.


Cuatro fuerzas que prometen plenitud… pero que, sin dirección espiritual, pueden terminar vaciándonos.


La verdadera libertad no consiste en acumular, sino en ordenar el corazón.


1. El placer: cuando el cuerpo grita más fuerte que el corazón.


El placer forma parte de la vida humana. Dios nos creó con sensibilidad, con capacidad de disfrutar, de gozar, de experim

entar bienestar y alegría. Eso no es malo. Pero el problema aparece cuando el placer deja de ser un bien humano y se convierte en la única medida de nuestras decisiones.

Cuando empezamos a vivir según la lógica de “si me gusta, lo hago; si no, lo descarto”. Entonces los demás dejan de ser personas para convertirse en instrumentos de satisfacción.

La espiritualidad no demoniza el deseo; lo ilumina. Reconoce que hay hambre de afecto, descanso, contacto, ternura.

Pero también recuerda algo clave: cuando el placer no tiene orden, termina dominando la vida.Y, poco a poco, no elegimos, sino que somos arrastrados.

Paradójicamente, cuando lo único que buscamos es “pasarla bien”, terminamos con una sensación extraña de vacío. Porque el corazón no solo quiere sensación… quiere sentido.


2. Poseer: cuando lo que tengo termina definiendo lo que soy.


Otra fuerza fuerte en el interior humano es la necesidad de tener: cosas, seguridad, control, recursos, estabilidad, bienes.

Poseer no es malo. Es parte de la responsabilidad de vivir. Pero se vuelve peligroso cuando el tener comienza a definir el valor de la persona.

San Juan llama a esto “la concupiscencia de los ojos”: ese deseo que se despierta por comparación, por impulso, por necesidad de “estar a la altura”. Es el deseo que surge no tanto de la necesidad real, sino del “ver”, imaginar y querer.


La tradición espiritual señala que aquí aparece una esclavitud: cuando el corazón se apega demasiado a las cosas, termina viviendo por ellas y para ellas.


Y nunca basta. Siempre hay algo más que adquirir, algo más que alcanzar, algo más que asegurar. Ese ciclo de deseo permanente desgasta, roba paz y transforma la vida en carrera interminable… sin línea de llegada.


3. Parecer: la trampa de vivir para la mirada ajena


Otra tentación profundamente actual es vivir para ser observados, reconocidos, admirados, aprobados. Vivir desde el personaje, no desde la identidad real.

No es malo desear reconocimiento; todos necesitamos sentirnos apreciados.

El problema surge cuando la identidad depende por completo de la opinión externa. Entonces empezamos a actuar no desde lo que somos, sino desde lo que creemos que los demás esperan.Y eso nos vuelve frágiles, dependientes, inestables.

La espiritualidad cristiana recuerda algo bellísimo: la dignidad no se recibe del aplauso, sino del amor de Dios.


Cuando una persona descubre que su valor está en ser amada por Él, algo interior se ordena. Se recupera libertad. Se deja de vivir para parecer… y se empieza a vivir para ser.


4. Poder: la ilusión más peligrosa


Quizá la tentación más profunda es la del poder. No únicamente poder político o social. Poder sobre la propia vida, sobre la historia, sobre los demás. Esa voz interior que susurra:

“no necesitas a nadie”,“todo depende de ti”,“tu voluntad es la medida de todo”.

San Juan la llama “la soberbia de la vida”. Es la ilusión de autosuficiencia total. Querer ser absoluta referencia. Creer que se puede existir sin vínculo, sin dependencia, sin humildad.

La tradición espiritual advierte que este es el camino más destructivo, porque encierra en uno mismo. Hace dura la mirada, tensa la relación, fría la vida. Y, paradójicamente, termina aislando. La persona soberbia quiere ser como dios… y termina profundamente sola.


Entonces… ¿cómo caminar distinto?

Hombre mirando al horizonte

Lo bello de la espiritualidad —y de modo especial la cristiana— es que no solo señala el problema, sino que abre un camino:

  • Frente al placer desordenado → templanza, equilibrio, cuidado de la interioridad y del cuerpo.

  • Frente al apego a poseer → pobreza interior, libertad del corazón, gratitud.

  • Frente a la obsesión de parecer → mirarnos desde Dios, desde una verdad más profunda que la aprobación ajena.

  • Frente al poder → humildad, que no rebaja, sino que ubica en la verdad.

Y algo más fundamental: no se trata solo de esfuerzo moral. No es cuestión de apretar los dientes para “portarse bien”. La tradición cristiana insiste: es gracia. Es Dios obrando dentro, sanando, reordenando, enseñando a amar bien.

Porque, al final, el problema no son los deseos… sino el desorden del amor.Y el camino no es reprimir el corazón, sino orientarlo.


Una palabra final

Quizá estés en un momento hermoso de tu vida… o en uno complicado. Tal vez con ilusiones, o tal vez cansado.


Pero este es siempre un buen momento para hacerte preguntas profundas:


  • ¿Qué mueve mis elecciones?

  • ¿De qué dependen mis seguridades?

  • ¿Qué busco cuando busco éxito?

  • ¿Dónde está la fuente de mi valor?


El mundo promete plenitud en poder más, tener más, gustar más, sentir más.

La espiritualidad responde con algo más simple y más profundo:

la verdadera libertad no consiste en acumular, sino en ordenar el corazón.


Cuando eso sucede, el placer encuentra su lugar sano; el poseer deja de esclavizar; el parecer pierde poder; y el poder se transforma en servicio.

Entonces entendemos que el camino no es conquistarlo todo… sino aprender a vivir con un corazón pleno.


Porque sí: poder, placer, parecer y poseer prometen mucho. Pero la verdadera solución está en aprender a amar mejor, vivir en verdad… y dejar que Dios —o, al menos, esa dimensión profunda donde el ser humano descubre su centro— ordene la vida desde dentro.


Recuerda compartir este post con tus amigos o familiares. 😉


Busca siempre vivir mejor.

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